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John-Roger, D.S.S, Fundador del M.S.I.A
Charcos de Barro
by John-Roger, D.S.S, Fundador del MSIA

Traducción: Nora Valenzuela

Recuerdo una vida anterior en la que el Espíritu se dedicó a probarme. En esa vida, la gente acostumbraba a decirme: “Tú sí que lo tienes todo. Siendo parte de este sendero espiritual, todo es lindo para ti”.

Yo contestaba: “Sí. La verdad es que todo es lindo”, e inesperadamente empezaron a despojarme de todo. Mi medio de transporte desapareció, mis amigos me dejaron, todos mis seres queridos me abandonaron. La situación de Job en la Biblia había sido fácil porque él sabía que el Señor esta involucrado en ella. Pero yo no lo sabía. Job sabía que estaba siendo atacado por el diablo; y yo a él, aún no lo había visto. Es más fácil cuando sabes de qué se trata. Cuando no lo sabes, puede convertirse en un “infierno”. Luché con dientes y muelas contra las personas que querían arrebatarme a mis seres queridos, dándoles por la cabeza con lo que tuviera a mano: “¡Deja en paz a mis seres queridos!”, les gritaba. Pero ellos simplemente los alejaron de mí. Les volvía a pegar, y ellos me quitaban el arma de la mano y con eso mismo me pegaban a mí. Yo pensaba: “Esto no es justo…”. Y volvían a pegarme, pero yo les hacía el quite. Lo único que estaban diciéndome era: “No podrás llevártelos contigo, amigo, y no lo olvides. Y aquí te dejamos un chichón para asegurarnos de que lo entiendas bien”.

Así que, me lo quitaron todo-¡todo! Lo bueno es que no gastaba mucho en ropa porque era poco lo que se necesitaba para cubrirme. También me acuerdo cuando perdí toda mi ropa. Por las noches, buscaba un charco de barro y me ponía barro en todo el cuerpo para que cuando se secara me abrigara durante la noche. Luego, en el día, tenía que correr a sacármelo para no ser calcinado dentro de él. Dedicaba gran parte de mi tiempo a buscar un charco de barro que fuera agradable, para encontrar ropa limpia. También aprendí que si te pones barro que contiene terrones y otras cosas, te hace daño en la piel cuando te lo estás colocando. Sin embargo, había oportunidades en que yo disfrutaba poniéndome el barro. Cogía el barro y, cubriéndome el cuerpo, observaba los diferentes diseños que se formaban. Yo me había convertido en un experto. Pero olvídense, eso no me duraba mucho. Si el barro estaba seco, tan pronto lo habías esparcido un poquito, se resquebrajaba y se desprendía, y entonces aparecía un lugar que se me enfriaba. También dolía colocarse barro frío en la noche, así que es mejor no hacerlo, se los aseguro.

Tampoco podía trabajar o buscar trabajo, y nadie me iba a ayudar porque yo me había convertido en un flagelo, en un paria. La mayoría de la gente evitaba dirigirme la palabra y me dejaban solo. Y tampoco había nadie que me diera albergue.

Me peleaba con los perros por los restos de comida y, por lo general, el que perdía era yo. Y, por último, comer cualquier cosa siempre me caía mal porque ya no existía un estómago en mí que pudiera contener la comida. La masticaba y la escupía porque allí adentro no había nada. No me tenía que preocupar por cosas como la digestión o la constipación, porque no ingería nada, excepto un poco de barro de tanto en tanto. Y éste contenía algunos minerales y otras pocas cosas, como virus y bacterias de varios tipos, y también excrementos de animales. Había una sola cosa que yo repetía incesantemente: el nombre del Señor. La gente me pedía que me quitara del camino para que su ganado pudiera meterse en los charcos de barro y evitar así las picaduras de moscas. Y como yo repetía ese nombre una y otra vez, así me llamaban.

Eso se extendió por mucho, mucho tiempo, en que yo me mudaba de charco en charco. Aprender a vivir así, a ese nivel en que uno lo único que hace es inhalar y exhalar, se conoce como supervivencia. A veces, la gente se me acercaba y me decía: “Vaya… Tenías tanto y todo te lo han quitado. ¿Qué hiciste mal?”.

Y yo les contestaba: “Yo no sé si lo que sea, haya estado mal. Pero una cosa que sí sé es que no podrán destruirme, porque todo lo que se me hace lo hacen por mí, a pesar de mi ignorancia”. Incluso en medio de la ignorancia de no saber y de la ignorancia en toda la situación, yo no blasfemaba contra Dios o contra nadie en mi entorno. Y tampoco decía: Mira, Señor. Otras personas tienen todos esos camellos y caballos y carruajes, y toda esa comida, ¿y yo? ¡Nada! ¿Por qué ellos sí? ¿Y por qué yo no?”.

Viví un tiempo largo, largo en esas condiciones, y algunos me preguntaban: “¿Por qué estás tan feliz?”. Yo les respondía: “Si esto es lo peor que me puede pasar, si esto es lo peor que me tienen que demostrar, más les vale que paren porque yo no me voy a dar por vencido, haga lo que haga el Espíritu o Dios, o el que sea”.

Entonces dijeron: “A lo mejor te hicieron magia negra o alguna hechicería”. Yo contesté: “Qué me importa. Si esto es lo peor que me pueden hacer, están perdidos”.

¿Estaba siendo optimista yo? Me quedaba eso, o ponerme pesimista, pero, ¿para qué ponerme pesimista? Yo había topado fondo. Y tenía una sola alternativa hacia dónde mirar: hacia arriba, porque estaba en el suelo todo el tiempo. Realmente todo quedaba más arriba de mi vista. Y tratar de ponerme de pie solía ser una pérdida de tiempo, porque volvía a caer apenas me paraba por el simple hecho de no tener fuerzas. Un buen día me dije: “No sé cuánto tiempo más voy a estar aquí, pero si me van a tener aquí por mucho tiempo, no tengo ningún problema con eso. Lo que sea que decidan, está bien conmigo, así que adelante, háganlo porque igual lo van a hacer, y yo no puedo evitarlo”.

Entonces contestaron: “Lo soportaste”. Les pregunté: “¿Terminó? Dijeron: “No, pero es el final de esto”. Y durante tres o cuatro días, me devolvieron el dinero que me debían y las cosas que me habían quitado. Yo miraba a la gente y les decía: “No lo necesito. Dénselo a otra persona. A mi me basta con mi barro y mi charco. ¿Para qué podría servirme todo esto que ustedes quieren darme?”.

Les sorprendía que yo renunciara a todas esas cosas y que también regalara mis riquezas. Claro que, como se acercaba el invierno, mejoré un poco mi situación, porque hay que ser prácticos. Y no quiero decirle a nadie que traten de demostrar algo andando desnudos por ahí, porque los van a meter a la cárcel. Tampoco les digo que demuestren algo dejando de comer. Lo que sí estoy diciendo es que lo peor que les puede pasar no significa nada porque siguen existiendo, aunque sea a un nivel que les parezca intolerable.

En aquella vida, los cerdos eran la forma más inferior de todas, y yo los hacía a un lado y trataba de abrazarme a ellos para conseguir un poco de calor corporal. En la actualidad, hay algunos que están sentados en la falda del lujo de este mundo, y si no comen tres comidas al día, se quejan. Si alguien no los reconoce de inmediato, se resienten. Y si los demás no los reconocen por la tremenda Luz que tienen adentro, es porque deben ser demonios o algo por el estilo; pero están totalmente equivocados. A un montón de personas que ocupan altos cargos en estos momentos los van a bajar de sus pedestales, y van a terminar “revolcándose en el barro con los cerdos”. Espero que puedan manejar esa situación con la misma destreza que manejan la gloria en que viven actualmente, porque todo debe ser tratado por igual. Y esa es una de las cosas más difíciles de lograr: tomar el éxito y el fracaso de la misma manera. La gente se me acerca y me dice: “J-R, yo te amo de verdad y sé quién eres”, y yo les contesto: “OK. Que pase el siguiente”. Luego, viene el que sigue y dice: “Realmente tengo dudas sobre quién eres”, y yo le contesto: “OK. Que pase el siguiente”. Me preguntan si hay alguna diferencia, y yo les contesto: “Ninguna. Está en ti. No está en mí”.

Este planeta es el “manicomio”. No hay nadie aquí que esté cuerdo, porque si lo estuvieran, estarían yéndose. Pero cuando puedes abandonar el cuerpo a voluntad y conscientemente, y simplemente haces que tu cuerpo atraviese este nivel, entonces sí que todo sabe bien. Eso es lo que significa que te den el postre y que te lo comas tú también. Significa que eres capaz de conseguir todo lo que quieres en el mundo, pero tú no quieres nada. Entonces, deja de importarte internamente si una persona te saluda o deja de verte para siempre, porque ellos son parte de tu proceso de purificación.

Puedes convertir tu interior en un infierno, en un desastre con todo lo que piensas que la vida debería darte. Esa vieja expresión que dice que “la vida está en deuda contigo” es una tontería. No te debe absolutamente nada. Y el Espíritu tampoco te debe nada. Debes tomarlo de Ello, pero no puedes tomarlo con una conciencia de pobreza. En la Biblia se dice que el hombre fue creado para que fuera el amo de todo lo existente (Génesis 1). Pero primero tienes que convertirte en “hombre”, en un ser humano, y convertirse en eso es muy hermoso. No se trata de un animal que se disfraza asumiendo la forma humana. Es ser alguien que tiene realmente la capacidad de manejar lo que sea que le salga al camino, incluso los charcos de barro.




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